1 de agosto de 2026

El hombre que llevó lejos Castromocho y Noreña

 El azar y el esfuerzo en la vida de Julián Reguero Triana, un palentino afincado en la Villa Condal que fundó un centenario imperio del transporte

Alejada de la revolución industrial de los países del norte europeos, España era esencialmente campesina y pobre en la gran mayoría de sus regiones al iniciarse el siglo XX. Naciendo en Castromocho, Tierra de Campos palentina, el futuro no era muy prometedor. La elección era entre ser pastor o emigrante. La familia Reguero Triana escogió la segunda opción. Sus cinco hermanos y hermanas se marcharon a Burdeos. En un primer guiño del destino, Julián, el pequeño, decidió quedarse más cerca de su pueblo natal. Pero, ¿a dónde ir para poder comer?

Villarramiel es el pueblo más cercano a Castromocho. En aquellos años destacaba por la industria del curtido. Desde allí le llegaron las noticias de un pueblo de Asturias que generaba puestos de trabajo en la industria del calzado y que tenía una incipiente industria chacinera que aprovechaba la cantidad de animales sacrificados por sus pieles. Villarramiel le enviaba periódicamente el material necesario para la elaboración de los zapatos. Supongo que con mucha tristeza y solo 14 años se puso a caminar detrás de una reata de mulas que le guiaron hasta Noreña.

Siendo criado en los diferentes sectores en desarrollo de la villa pronto cambiaría su estatus social. Como consecuencia de la gripe de 1918, mi abuela Nieves quedó viuda con cinco hijos a su cargo y un pequeño negocio de transporte con carros y caballos. Como fuere, dicen que aconsejada por la familia sobre la notable capacidad de trabajo del palentino, Julián y Nieves se casaron. Pronto tendrían cuatro hijos más y él se haría con el mando de las operaciones de la pequeña empresa que para él siempre estaría ligada a la tierra que lo vio nacer.

Ya en 1923 aparece publicado en "El Progreso de Asturias", en La Habana, una crónica de Eloy "El Mosquitu" que refiere un trágico accidente de un carro con caballo en el que falleció Agustín Atienza, un joven de veinte años nacido en Castromocho al que acompañaba mi abuelo en otro carro con mercancía destinada a la cuenca minera en pleno desarrollo. A pesar de lo lamentable del suceso, su empresa siempre estaría abierta a la gente de su pueblo. Por una cada vez más intensa actividad industrial, las empresa de transporte estaban en crecimiento y Noreña estaba muy bien comunicada para dar salida a sus productos.

En 1930 la empresa ya figuraba a nombre de Julián Reguero Triana y pronto inicia su proceso de mecanización con la introducción de vehículos a motor Chevrolet, Ford o HispanoSuiza carrozados en madera y que incluían la doble función de distribución de mercancías, por la mañana, y de viajeros, por la tarde, con los asientos de madera que se incorporaban.

El crecimiento intenso de la actividad llevó parejo un incremento en el pago de arbitrios locales, colocándole entre los contribuyentes principales de la villa en los años de la República. Por este motivo, cuando llega la Guerra Civil es encarcelado por los republicanos en la Torre del Reloj. Allí su situación se vio complicada cuando Pepe, el hijo mayor del primer matrimonio de mi abuela, es de los primeros voluntarios falangistas que fallece por intentar entrar en Oviedo.

Y nuevamente el azar: un primo político interviene para su salida de la Torre por su ausencia de antecedentes políticos. Sus compañeros de celda serían trasladados a Oviedo con funestas consecuencias para ellos.

En el mismo momento, su esposa se había trasladado a Castromocho para pasar el verano con dos hijos y un nieto buscando mejoría para su situación respiratoria, como era tradicional en la época . Allí la rebelión militar triunfa desde el inicio y en represalia, porque Julián se encontraba en territorio republicano, los obligan a abandonar su casa, que ya nunca recuperarían. Afortunadamente, encontraron la solidaridad de los vecinos, que los acogieron durante los quince meses que duraría la separación familiar. Sin duda, este hecho afianzó su sentido de pertenencia, obligándose a volver a su tierra siempre que pudo.

A partir de ahí, trabajando con un brazo amputado por un accidente laboral, su vida se convierte en una lucha tenaz por hacer crecer la empresa que, como no podía ser de otra manera, bautizó definitivamente con el nombre de su pueblo: El Castromocho.

Primero mercancías, luego viajeros. Así, en los años cuarenta, uno de sus camiones salía escoltado por la Guardia Civil de Torrelobatón, en Valladolid, con el retablo actual de la Iglesia de Noreña. Pero también un autobús llevaba al Oviedo a jugar a Sevilla en un viaje de varios días de ida y vuelta.

Para la empresa constituida en sociedad anónima en 1963, el mayor salto cualitativo lo supuso la adquisición de los novedosos autobuses Setra-Seida con los que inició como pionera su trayectoria internacional. En años en que España estaba aislada de Europa, y también de sus comunicaciones, El Castromocho comenzó a transportar emigrantes a Suiza, Alemania y Francia que generalmente retornaban para pasar sus vacaciones. Viajes que forjaron una generación extraordinaria de profesionales del volante que completarían su vida laboral en la empresa y que también nos descubrieron en Navidad un manjar, la "chatka".

Mi abuelo falleció en 1978 a los 82 años, dejando a la empresa con un viento de cola que le ha permitido sobrevivir más de cien años. Cuatro generaciones familiares han continuado su labor con un grandísimo esfuerzo. Así, todavía hoy, El Castromocho figura en primera línea entre las empresas asturianas de transporte de viajeros.

Sin embargo con el fallecimiento de Maruja a principios de verano se ha ido la última conexión que nos quedaba en Castromocho. Hoy, ya nadie recuerda la figura de un joven, casi niño, que salió de allí entre lágrimas y que fue capaz de llevar muy lejos el nombre de los pueblos que fueron todo para él: Castromocho y Noreña.

 

José Julián Rodríguez Reguero (nieto de Julián Reguero el fundador de El Castromocho). La Nueva España, 1 de agosto de 2026.